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Catecismo de la Carretera o Norma de la Razón

Posteado por
Modificación de la Ley sobre Tráfico,
Circulación de Vehículos a Motor y Seguridad Vial.
El artículo de
opinión de este post esta realizado por Marcos Veiga, conductor  profesional que lleva al filo de los   24 años
“en la carretera” , formador de CAP, gestor de transporte de mercancías y viajeros,
consejero de seguridad ADR,  colaborador
habitual
en varios medios especializados en transporte, grupos de Facebook,  etc, etc.
Es un placer
contar con la aportación de Marcos Veiga (que tendremos la oportunidad de leer de
forma periódica en este blog), aprender de su experiencia y  sus escritos, que nos invitan a reflexionar y
ver las cosas desde diferentes perspectivas,
para de este modo, formarnos una opinión 
mucho más real y veraz de lo que ocurre en nuestro sector  y en todo aquello relacionado con la
circulación de vehículos.

Viernes 9 de
mayo de 2014, esta es la fecha de entrada en vigor de la última, que no
definitiva, modificación de la Ley sobre Tráfico, Circulación de Vehículos a
Motor y Seguridad Vial.
No en vano deberíamos de congratularnos todos por los
éxitos obtenidos durante estos años de vida de la norma que ha cambiado
diametralmente nuestra mentalidad y comportamiento a la hora de circular por
las vías públicas, aunque fuera a regañadientes y en menoscabo de nuestros
bolsillos, los resultados son aplastantes en lo positivo. Mi vida como
profesional del volante ha discurrido emparejada con la vida de esta Ley, ya
que ambos nos hemos incorporado al asfalto de las carreteras españolas con el
inicio de una nueva década allá por 1990. Por aquellas fechas salir a la
carretera era poco menos que ir al frente, la misión para la nueva normativa
era eliminar la sangría diaria e intentar rebajar todo lo posible el peaje, en
vidas humanas
, que se cobraban las carreteras de nuestro país y que a todas
luces era insoportable. Aquel 1989, el último año de la loca década de los
ochenta había marcado un nuevo máximo histórico segando la vida de 9.344
personas con apenas 15 millones de vehículos circulando por nuestras
carreteras, en el año 2013 la cifra provisional se sitúa en 1.128 fallecidos
con un censo de 31 millones de vehículos, los números hablan por sí solos y
aunque siguen siendo demasiados muertos, las cifras avalan la gestión de
nuestros legisladores.
Por supuesto que
buena parte de estos éxitos (cada muerte evitada es un éxito) reside también en
la modernización de nuestras infraestructuras y la mejora del equipamiento. La
generalización de vías de alta capacidad y el desdoblamiento de las calzadas en
las principales arterias que cruzan nuestro país ha tenido su impacto en la
reducción de víctimas, así como los avances tecnológicos incorporados a los
vehículos ayudan a evitar accidentes o minimizan en todo lo posible las
consecuencias de los mismos. A estas dos variables (la vía y el vehículo) se
suma el actor principal, protagonista y objetivo de la norma: El conductor.
Aquel que al fin y a la postre será quien decida en cada instante, quien evite,
produzca, entorpezca o colabore para que la realidad de una seguridad vial
sostenible se convierta en la realidad cotidiana de la carretera.
A lo largo de
estos 24 años hemos sido testigos de un cambio de actitud tangible, no sin
polémicas, pero absolutamente apreciable. Un periodo de tiempo en el cual hemos
aprendido, o nos han obligado a entender, que el hecho de conducir es un acto
de interacción con el resto de usuarios y por lo tanto la seguridad propia
influye en la ajena y viceversa.

 

Ha habido
cambios normativos de todo tipo y para casi todos los gustos, pero lo más
importante es que somos capaces de asimilarlos en poco tiempo e integrarlos en
nuestro comportamiento  cotidiano como si
siempre hubieran estado ahí. Algunos de ellos han sido para adaptarnos al
progreso tecnológico y la gran mayoría lo han sido para adaptar nuestro
comportamiento a un universo vial mucho más amable y más seguro, pues somos los
conductores los responsables de que esto pueda ser así. Con todo, siempre hay
lugar a la tan típica picaresca hispana que nos caracteriza desde el siglo de
oro y que rebusca en los entresijos legales para confeccionar una pócima mágica
que nos permita saltarnos la norma a la torera. A esto contribuyen por un lado,
la poca o a veces ninguna concreción de los textos normativos y del margen a la
libre interpretación por parte de los más avispados y por otro lado las
incongruencias y contradicciones explícitas con las que nos sorprenden nuestros
hacedores legales. En esta última modificación, por ejemplo, se sanciona la
sola presencia de drogas en el organismo del conductor, hasta aquí nada que
objetar pues ciertas sustancias son aparentemente tan peligrosas e
incompatibles con la conducción que el legislador decide que no se permite si
quiera su presencia (no ya un límite máximo) y por ello quien consuma estas
sustancias y conduzca ha de ser castigado…pero a continuación se nos flagela
la razón con un contundente “…de las que quedarán
excluidas aquellas substancias que se utilicen bajo prescripción facultativa y
con una finalidad terapéutica, siempre que se esté en condiciones de utilizar
el vehículo conforme a la obligación de diligencia, precaución y no distracción
establecida en el artículo 9. “
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Claro, es que una droga como la metadona, la ketamina o la
morfina suministrada bajo prescripción médica se convierte en inocua a menos,
claro está, que te pilles una torrija considerable que no te deje ni hablar,
pero si la consumes de manera “ilegal” se torna en sustancia demoníaca que
impide que conduzcas con la debida diligencia, por lo cual serás castigado con
1.000 € y 6 puntitos de retirada.
Apuesto a que los burlones que poblaban los textos de Lope de Vega o
Calderón volverán por sus fueros a arañar réditos de los océanos (no lagunas)
que nos dejan nuestros ilustrados legisladores pues la torrija hay que
demostrarla y ya se sabe que esto es muy difícil cuando no imposible. Esto es
así y además se sabe con rotundidad después de tantos proyectos internacionales
como el ROSITA (Roadside Testing Assesment) o el DRUID (Driving Under the
Influence of Drugs, Alcohol and Medicines)
de los cuales nuestro país ha sido
parte interesada, que establecer un vínculo entre la presencia de una
determinada sustancia en el organismo y la incapacidad a la hora de conducir
debida precisamente a la influencia de esa sustancia es misión casi imposible,
por lo que me temo se ha optado por sancionar a bocajarro a no ser que aportes
la bula médica correspondiente. Con lo fácil que hubiera sido al igual que se
hace en la nueva norma que entrará en vigor este mismo año para los conductores
británicos
, en la que se fijan unos límites máximos para ciertas sustancias,
sean administradas bajo receta médica o por medio de camello a partir de los
cuales se incurriera en sanción administrativa y se dejara lo de su influencia
en la conducción para ser discutida a posteriori, en caso de que proceda.
En fin, dejemos que los cambios obren sus propios
resultados y ya se verá por donde salen los tiros.

 

Con la colaboración de:

Marcos Veiga. 

Facebook de Marcos Veiga

Imágenes: Marcos Veiga

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